jueves, 8 de octubre de 2015

LOS DERECHOS HUMANOS, EL ESTADO LA SOCIEDAD Y 
EL HUMANISMO SOCIALISTA
  
 

NOTA PREVIA DEL AUTOR

Toda obra o creación humana es la expresión sinérgica de conocimientos, saberes, creencias, valores, experiencias, acciones y reacciones, motorizados por la razón, la pasión y la espiritualidad hacia un desarrollo que discurre momentos y etapas que en su conjunto resultan necesariamente en algo distinto del propósito inicial. Porque las mismas complejidades de los elementos que la determinan dotan a cada obra de una cualidad esencial a su autenticidad y cualidad expresiva: la insatisfacción; es decir, la imposibilidad de alcanzar la plena manifestación intelectual y espiritual. Luego entonces, toda obra será siempre un producto incompleto y cualquier acción que la pretenda será quehacer permanente y búsqueda constante.

Es así como la intención de originalidad en el contenido contextual y el sostenimiento de la hilaridad conceptual despejaron los senderos hacia el propósito de establecer algunos criterios con el fin de concientizar respecto del nuevo paradigma que se vislumbra en los albores de este milenio y que se caracteriza por el búsqueda del encuentro espiritual del ser humano consigo mismo, con la sociedad, con la naturaleza y con el universo; lo que resultó, sin pretenderse de esa forma, en el humanismo socialista. 

De manera que el resultado ha sido básicamente la concreción del intento reflexivo ya esbozado desde la libreta de notas web, desarrollado en un pensamiento continuado soportado en sí mismo y sin buscar explicaciones ni justificaciones externas. Constituyendo, más que la manifestación meramente formal de conceptos, la expresión de un acto muy íntimo de fe, de creencia firme acerca de nuestras cualidades ontológicas y axiológicas.

Conformados estos textos en su formato general en dos días, su desarrollo intermitente durante cuatro años ha consistido en traducirlos desde la visión existencial que manifiestan y con la mayor fidelidad y coherencia posibles. Por ello se hilan como un relato intimo hacia las consciencias y sin “muleta” conceptual alguna; para lo cual, salvo ciertos datos necesarios, se prescindió de la consulta bibliográfica directa, siendo que las referencias de contenidos son las recordadas de las “lecturas de la vida”, desde aquel púber que escudriñaba la tan extraña palabra “usucapión” en el grueso tomo de enciclopedia, descubriendo así el misterioso y a la vez cercanísimo mundo del Derecho. Luego, ya como estudiante de leyes, desde las lecciones de cátedra, desde aquella cinta de papel fijada a lo largo de la pared, en la que registraba cada día alguna nota aprendida del evolucionar del Derecho en la Roma nodriza, y desde el aprendizaje, experiencias y reflexiones del puro y llano vivir; desde todo ello los cuestionamientos y el espíritu crítico fueron replanteando ese derecho romanista hacia una visión, o mejor dicho, desde una “intuición” humanista de lo jurídico; que progresivamente ha venido reconceptualizando y entrelazando la justicia, la libertad, la igualdad, la moral, la sociedad, el Estado, el Derecho Natural y los Derechos Humanos hacia el propósito holístico que se configura en estos textos como el Humanismo Socialista. Por lo tanto, lejos de su pretensión está ser considerados criterios ciertos y mucho menos definitivos, pero sí el constituirse de alguna forma en acción racional y espiritual en procura del eterno camino de dar sosiego a nuestras incertidumbres existenciales.

Por eso en cada página se desbroza la intención, el libérrimo propósito de coadyuvar en la creación de sinapsis que orienten la conciencia y voluntad hacia la mejor comprensión de nuestras cualidades humanas y nuestros fines, en cuanto entes inmersos en un orden universal. Entendiendo siempre que el conocimiento por conocimiento es infértil y solamente útil para las telarañas, pues todo saber debe gestar ideas y criterios que en su conjunto y contexto configuren una visión y planteamientos sinérgicos, cuya implementación tiene sentido si se considera en toda su amplitud y significado en beneficio del ser humano.

En tal sentido es absurda la disyuntiva entre la ciencia que se proclama movida únicamente por la curiosidad y la religión que encalla al borde de un océano de fe, por cuanto en definitiva ambas evidencian caminos complementarios hacia el mismo horizonte existencial. Lo único es que la ciencia, aun sin quererlo, “descubre” a Dios tropezando racionalmente con su maravillosa obra; mientras la religión, teniendo consciencia de Dios, de hecho reniega de él, al limitarlo a un ideal “interesado” y no plantearlo ni aceptarlo desde la hermosa plenitud de su expresión universal. La religión ha tratado de acallar la ciencia y la ciencia no cesa en sus vanos esfuerzos de aniquilar a Dios; sin entender una, que así cierra la ventana hacia la verdad, y la otra, que de esa forma niega la primera y auténtica certeza, niega al ser humano y reniega de la cualidad más maravillosa que puede tener el universo: la espiritualidad. Paradójicamente los tropiezos racionales de la ciencia han ido reafirmando el sustento espiritual auténtico de la religión, mientras que la fe ha impedido que el ser humano perezca a causa de su soberbia y prepotencia racionalista.

En nuestro mundo globalizado todo está dicho y a la vez hemos dicho tan poco; estamos altamente evolucionados pero hemos evolucionado casi nada. En cuanto a la configuración de nuestras redes neuronales, entre Nerón y nosotros evolutivamente no hay distancia, ni entre los inquisidores, ni entre Hitler. Craso error es creernos nuestra ilusión evolutiva, a cada realidad histórica nos sentimos en el cenit de la evolución, cuando en verdad avanzamos sí, pero muy poco en relación con el potencial que intuimos. El problema es cómo medimos la evolución, o mejor dicho, cómo la vivimos. Porque nos sumergimos tan alienadamente en un mundo de refinamientos, de pretensiones y prepotencias tecnológicas e intelectuales, que nos olvidamos de nuestra humanidad. Es que simplemente seguimos teniendo la columna vertebral de la serpiente con la cual compartimos los mismos instintos; por una razón muy sencilla, somos seres evolutivos, es decir, biológicamente estamos construidos sobre primitivismos. Cuánto nos cuesta aceptarlo. A la fuerza de la evidencia hemos ido corriendo hasta algo más de medio millón de años nuestro “debut” en la evolución, estableciéndola como la fecha tope para el “nosotros”, olvidando los millones de años de evolución como homínido pensante. Cuánto nos cuesta aceptar a la pequeña “Lucy” como nuestra querida “abuelita”. El salto evolutivo hacia el ser pensante, capaz de tener conciencia y espiritualidad, no tiene parangón y está muy por encima de la especificidades de una especie como la nuestra, que a lo mejor por azar evolutivo es la única, ni tampoco hubo de haber sido la mejor, simplemente aquí estamos, privilegiándonos del monopolio fortuito de una facultad sublime que a veces nos pesa tanto, cuajada durante los millones de años que necesariamente deben comprender el “nosotros” amplio, lógico y justo, enunciando principios, fines, valores y derechos e instituciones naturales, derribando definitivamente los diques conceptuales que nos impiden acceder a la igualdad en su pleno y sublime significado, y también asentándonos evolutivamente, es decir, tomando consciencia de dónde venimos, qué somos, donde estamos y hacia dónde vamos. Si no nos extinguimos antes, en un millón de años existirán otros humanos radicalmente diferentes y seguramente para ellos seremos simplemente seres primitivos que hacían “pininos” en ciencia y tecnología; pero su existir mañana necesariamente habrá pasado por nosotros hoy, como todos hemos pasado por aquel torpe homínido que una vez alzó sus manos al cielo tratando de conocerse a sí mismo, queriendo comprender el universo, pretendiendo alcanzar a Dios.     

El presente es el pasado potenciando nuestra realidad y el futuro es la proyección del presente, luego entonces, el ser humano es predecible en sus acciones y reacciones primarias, y por ello, con la posibilidad de sensatez histórica, es decir, de creer y tener fe en la potencialidad de sus virtudes, pero también, de saberse portador de vicios y antivalores que lo acechan a cada recodo de su existencialidad.

El problema está en la ilusión evolutiva que nos disocia de la realidad y nos lleva a considerar coyunturas los hechos y acontecimientos históricos de horror y maldad, cuando en realidad constituyen expresiones genuinas de nuestro “ser humano”, y por eso susceptibles de aflorar en todo momento.

Es que los Nerón y los Hitler continúan entre nosotros; los mismos imperios, el mismo racismo, la misma xenofobia, la misma crueldad, el mismo desprecio por el ser humano. Continuamos presos de nuestro primitivo egoísmo camuflado de refinamientos y usufructuado por teorías políticas y económicas.

Pero también Gandhi, San Francisco, Luther King, Lincoln y Bolívar están con nosotros en sus ejemplos de vida, de lucha y de fortaleza ética. Y principalmente Jesús continúa vigente con su mensaje redentor. Esa es precisamente la buena nueva perenne de la actualidad humana: la posibilidad de ser mejores, de poder traslapar nuestros primitivismos y atavismos con principios y valores que legitimen la racionalidad y justifiquen nuestra espiritualidad. Siendo ello la fuerza generatriz del propósito de estas reflexiones, autenticar nuestra existencia desde esos principios y valores, buscando hacerla más plena y trascendental.

Así pues, no pretenden estas notas establecer ni determinar dogmáticamente nada, pues contradeciría el mismo espíritu crítico que las originó, además, el culto es para los templos. Por eso, estos textos no comienzan desde respuestas sino desde interrogantes, dentro de la intención honesta, el compromiso ético con la verdad y el profundísimo respeto por los criterios que contrasta. 

El espíritu crítico, en su búsqueda de respuestas pertinentes a la verdad, se constituye en posibilidad y potencialidad de la conciencia moral y de la acción ética, siendo preclaro el ejemplo de Jesús el de Nazaret, que con su irreverencia cuestionó dogmas, abriendo brechas hacia la verdad e iniciando un camino hacia un propósito de fe.

El paradigma positivista, materialista y capitalista, imperante en nuestro mundo contemporáneo, ha pretendido deslastrase del mandato de la moral y de la ética, negar el Derecho Natural y los Derechos Humanos en cuanto imperativos del orden natural, incluso desechar la racionalidad en su plena acepción, reduciéndola a simples relaciones lógicas. Queriendo quitarle así las coordenadas existenciales al ser humano y despojarlo de su motor y sustento espiritual. Porque, cuando los silogismos se hacen absurdos, allí comienza la espiritualidad, siendo que la mayor abstracción y a la vez simpleza de la racionalidad humana, está resumida en Dios; pues él representa la esencia misma del universo y resume los valores, principios y reglas que lo rigen, no medibles ni cuantificables, ciertamente, pero sí vivibles y proyectables por una cualidad sublime nacida de la racionalidad pero que la trasciende: la espiritualidad.    

En fin, si lograre de alguna forma accionar las conciencias hacia la crítica y valoración de nuestras estructuras políticas, sociales, jurídicas y culturales, el objetivo de estas notas quedaría más que satisfecho.


Javier A. Rodríguez  G.


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 El Pensamiento Crítico Elitista, Discriminatorio,
 Antihumanista y Antisocialista



El pensamiento crítico es por antonomasia irreverente y subversivo desde su ponderación ética, políticamente incómodo, académicamente impertinente y socialmente “inútil”.

Por tal razón me llamó poderosamente la atención el cacareado “Premio Libertador al Pensamiento Crítico”, tomándome el atrevimiento de participar con mi publicación “Los Derechos Humanos, el “Estado, la Sociedad y el Humanismo Socialista”, a sabiendas de que esa cuasi herejía sería como pretender que la Congregación para la Doctrina de la Fe considerase algunos criterios de la Teología de la Liberación.

En verdad no aspiraba ni esperaba siquiera que la leyeran, pero sí al menos quería verla inscrita, gracias al carácter de “libre” del concurso, junto con las obras participantes, aunque fuese haciendo de abrojo a los siempre presumidos “perfectos” pasos revolucionarios.

Empero, ocurre que ni a eso llegó tan pueril pretensión, pues ni cortos ni perezosos los organizadores alegaron que por “las bases del concurso” la obra a participar ha debido, ciertamente, ser editada y publicada el año al que se refiere el concurso… pero “publicada en papel”, por lo que las obras escritas y editadas y publicadas en formato digital no van para el baile… Rematando irónicamente con un “…ojalá que logre publicarlo para que pueda participar en el concurso”. La verdad es que, como estamos  ya acostumbrados en nuestra patria, lo del requerimiento de la impresión en papel es un requisito sobrevenido, inexistente en las bases del concurso, respondiendo indudablemente a una discrecionalidad de los organizadores, pudiendo ocurrir de esa forma y por sobre la transparencia y pulcritud del concurso, que se “filtre” ideológicamente, y por otros intereses, la participación. En otro país o en otras circunstancias político sociales podría impugnarse en justicia esa decisión, pero, seamos sinceros, jurídicamente en nuestra patria “la masa no está para bollos”… (En este link se puede acceder a las bases del concurso (si no han sido modificadas): http://www.humanidadenred.org.ve/wp-content/uploads/2016/02/Bases-Premio-Libertador-2015-XI-Edición-1.png

En realidad no es de extrañar tal actitud, pues persistentemente la izquierda tradicional deviene en una logia dogmática, excluyente, elitista, reduccionista, providencial, torpe, discriminatoria y contradictoriamente antihumanista. Por eso las intentonas políticas de orden socialista siempre terminan “arando en el mar”, en cuanto al propósito de afianzarse como forma estable de convivencia social; aunque sí, por muchas de las “bondades” de su intención de trasfondo al enmarañamiento ideológico que al final la pervierte en sus resultados, siempre deja legados determinantes de las formas sociales de convivencia en cada realidad histórica, que se constituyen en inspiración de lo siempre posible, para el espíritu crítico que libérrimamente cuestiona el “ser” humano, planteando otras perspectivas de su existir en sociedad.

Cabe recordar que grandes imperios socialistas se han derrumbado junto a los criterios falaces que los sustentaban, mientras otros apenas logran expirar vacuas consignas, en tanto algunos apenas huyen hacia adelante, tratando de alcanzar a la historia que los ha dejado rezagados junto con sus criterios, bien intencionado muchos, sí, pero ya históricamente torpes.
Cuantas veces hemos escuchado a muchos revolucionarios alabar las sociedades “perfectas” de las hormigas y de las abejas, en la que todos sus integrantes existen en función de un propósito en común. Solamente omiten un detallito, aparentemente irrelevante para el socialista tradicional, para quien lo que priva es el resultado colectivo: el hecho de que tanto las hormigas y las abejas son seres acríticos, sin individualidad y sin visión de futuro, incapaces de cuestionar su realidad y mucho menos su existencia misma, y, por supuesto, sin conciencia de la libertad, de la igualdad, de la justicia; y sin la posibilidad de tener esperanza y de vivir la fe, de creer en Dios.

Ahora sí,  es cierto, las hormigas y las abejas y sus sociedades son “perfectas”. Una hormiga es perfectamente hormiga, y una abeja es y será siempre perfectamente abeja; mientras que el ser humano y los grupos sociales en los que coexiste son esencialmente imperfectos. Siendo esa conciencia de su imperfección, de sus carencias y vicios existenciales, lo que le revela las cualidades ontológicas y axiológicas que nutren su ser espiritual, y le motorizan y exponencian su existencialidad hacia un porvenir tan amplio como lo sea la conciencia de su existir y tan posible como su voluntad concretar la utopía.

En ese sentido, la Soviética habría sido una unión “perfecta”, si se hubiese tratado de hormigas o de abejas. El problema “político” de la política consiste precisamente en la multiplicidad de criterios, visiones, expectativas y credos que necesariamente se deben expresar dentro del cuerpo social, en cómo “conciliarlos” hacia el propósito en común de manifestar todos, absolutamente todos, su “humanidad”, dentro de linderos de justicia, libertad, igualdad y solidaridad, convergentes en la paz social. Summa obra política que debe iniciar desde el respeto irrestricto al pensamiento y criterios del otro, aún cuando ontológica y axiológicamente resulten aberrados, siempre y cuando se mantengan dentro del margen que la ley les reconoce, protege y garantiza para su expresión; margen cuyo respeto y salvaguarda constituye la garantía en contra de la intolerancia, el absolutismo y el derrumbe a término de cualquier proyecto político.  La URRSS pretendió ser un inmenso imperio de “hormiguitas” y “abejitas” comuneras, “perfectamente” organizadas, pero cada día con menos seres humanos, hasta que los sofismas que fundamentaban esa gigantesca entelequia socialista cedieron ante la fuerza demoledora de la verdad, que siempre, siempre se impone.

También por doquier oímos, y a veces escuchamos, cacareos de aquellos que desde sus cascarones ideológicos y evidenciando los vacios conceptuales que pervierten su obrar, se jactan de  ser “revolucionarios”; así como si se tratase de un eslogan publicitario de moda, o de afiliarse a la franquicia revolucionaria del momento.

De “modas” y franquiciantes y franquiciados revolucionarios en los desastres socialistas históricos la sociedad humana sabe bastante. De cómo llegan y de cómo se van. Cómo siembran ilusiones y esperanzas y terminan cosechando escepticismo y anarquía. Cómo siempre concretan apenas una minúscula parte de sus propuestas y propósitos políticos, condenados, cual Sísifo, a no alcanzar siquiera un estatus estable hacia la posibilitación de su utopía.

Pero entonces ¿Qué significa el ser revolucionario? ¿Será que el revolucionario hace lo justo, igualitario y libertario, o, al contrario, es la justicia, la igualdad y la libertad las que construyen y posibilitan al revolucionario?

Es que en este caso el orden de los términos sí altera radicalmente el resultado, pues el revolucionario sin los valores de justicia, libertad e igualdad, es apenas un cascarón ideológico ineficaz, injusto, discriminatorio, excluyente, segregacionista, perverso y pervertidor del concepto socialista.

De manera que el hombre o la mujer, el ser humano, que simplemente lleve en su conciencia la justicia, la libertad y la igualdad; en sus manos la ley, la norma justa; en su corazón la solidaridad y el amor al prójimo, al medio ambiente, al universo; y en el alma la conciencia humilde de su grandeza y de su insignificancia existencial, expresadas en esperanza y fe y resumida en Dios, será revolucionario, independientemente de cualquier perifollaje ideológico.

Sí, ese ciudadano sin lugar a dudas revoluciona  la sociedad, independientemente de cómo se autodefina, de la “clase social” que lo segregue y, sobretodo, de la parcela existencial en la que pretendan relegarlo ideologías falaces.  Porque es la realidad del ser lo que define el concepto del revolucionario, es su actitud para conciliar en lo posible el dicho con el hecho, es su compromiso ético con los principios y valores que lo cualifican.

Llenémosle al ciudadano la alforja de su conciencia crítica con justicia, libertad, igualdad, solidaridad, amor, esperanza y fe, y tendremos un revolucionario hoy, mañana y siempre.


Javier A. Rodríguez G. 



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Estimado Javier,

Lamento informarle que de acuerdo a las Bases del Concurso sólo
se aceptan libros editados y publicados en papel, por lo que los 
libros en formato digital no pueden participar.

Ojalá pueda publicarlo pronto en papel y pueda usted concursar 
en las próximas convocatorias del Premio Libertador

Atentamente,

Carmen Bohórquez

Coordinadora del Premio Libertador



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Saludos.
 Resulta insólito que mientras la publicación digitalizada de libros
está revolucionando la sociedad humana actual, un proceso
revolucionario reaccione a este paradigma comunicacional y  retrógrada
y contradictoriamente le asigne validez al pensamiento impreso con
tinta y no al tipeado digitalmente... Al final la validez no debería
depender ni de lo uno ni de lo otro, sino de las ideas, nazcan en
donde nazcan, sin prejuicio ni miramiento elitista alguno; porque,
estemos claros, la publicación de libros a lo "tradicional
capitalista" resulta en un "filtro" ideológico que conforma, o
pretende conciliar el pensamiento con el estatus quo, sin importar el
sentido  “diestro” o “siniestro” de su ideología, siempre ha sido así.

Afortunadamente, como lo he dicho, en nuestra sociedad humana existe
una auténtica revolución que hace del conocimiento verdadero
patrimonio común, dándole voz a quienes nunca la tuvimos y que, de
otra forma, jamás la tendríamos. Sí, es así. Ni Google, ni Amazon, ni
La Casa del Libro, ni Lulu, le han puesto cortapisas a la expresión de
mi pensamiento. Amazon me permitió editar y publicar el libro sin
cobrarme un centavo de dólar; y la Casa del Libro  muy gentilmente
abrió sus puertas al pensamiento crítico ¿Empresas capitalistas
revolucionarias?

A todas estas vale preguntarse ¿Puede restringirse el pensamiento
crítico  a existir y ser considerado sí solo sí el autor ha sido
privilegiado o complacido o simplemente corrido con la fortuna de
plasmar sus criterios en pulpa de papel prensada, en vez de estar
codificado en binario dentro de un disco?

Un libro editado e impreso en papel, equivale exactamente igual a otro
editado y publicado digitalmente, no existiendo motivo válido para
diferenciar  la validez del contenido entre uno y otro; resultando
discriminatorio el criterio o norma que lo establezca.

De tal forma que, evidentemente, de ninguna forma voy a publicar en
papel solamente para validar o "legitimar"  mi pensamiento hacia este
concurso o cualquier otro propósito; sino que, como haría el sabio,
simplemente esperaré a que en mi país ocurra una auténtica revolución
cultural, y, seguramente ya no mi pensamiento, sino el de otros tantos
cientos de miles del "lumpen intelectual", puedan expresarse de la
forma que sea; en letras de pan de oro o tóner de fotocopiadora, en
papel de algodón o en bolsas de papel, en libros  bautizados de
esmoquin al aroma de añejo escocés o el publicado en la Web en
entreveros del diario sobrevivir, con un plato de espaguetis al lado.
Un país con una inmensa red de editoriales digitales que hagan de la
cultura una manifestación cotidiana, en donde se pondere el
pensamiento crítico por sí mismo, sin falaces  “formalidades”
clasistas y elitistas discriminatorias. Tiempo al tiempo... Es lo que
le pido a Dios, tiempo para verlo.

Disculpen ustedes la presente, pero no podía dejar de decirlo.
Mil gracias por su gentileza.
Felicidades.
atte.

Javier Rodríguez.



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